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cronica

 

Sólo, con ganas de hueviar.

Lo apago en el suelo, me pongo la chaqueta y comienzo a caminar. Los adoquines húmedos del piso van dibujando figuras, las casas encumbradas parecen afirmarse una con la otra, los faroles encendidos pestañean y la fragancia marina me recuerda que me debo apurar. Bajo corriendo, oigo música y olfateo un pito verde que una sombra gris acaba de encender.

La noche es algo fría, pero perfecta pa carretear. Ando algunas cuadras, esquivo restos de basura, miro, camino, me doy vueltas, es ahí, es ahí donde debo entrar. Las mesa son roñosas, de madera, unas verdes otras café, el piso es rojo oscuro, el ambiente borroso. Los mozos andan de aquí para allá, las bandejas de plata oxidadas llenas de vasos y jarrones. Los Tres Chiflado y Chaplin tienen su altar, Cantinflas me observa, la Marilyne me coquetea y Elvis la intenta seducir. El alto techo es blanco invierno y la madre araña vive en su cueva, las moscas se pasean, las polillas se cabecean. Me siento en una silla, la mesa es coja, carga una concha que carga cenizas. Un bolero sesentero comienza a sonar y las viejas chichas no dudan en bailar, ¡salud! dicen los abuelos que desde el primer pipeño no paran de cantar. Mi cerveza se demora en llegar.

La noche ya no es fría y no para de avanzar, todas las cabezas curiosas velozmente van a parar al ventanal, cuando un vidrio de él se quiebra bajo el altar, Chaplin, la Marilyn y Cantinflas no vacilan en mirar. Un niño chico ingresa, cabeza gacha, zapatos viejos, pelo negro, piel morena, pide limosna y arranca del lugar, bajo el brazo agarra fuerte un batido que algún despistado curagüilla ha tenido que olvidar.

Lentamente el bar se comienza a desocupar, las sillas apiladas avisan que van a cerrar. Mi cerveza tres ya no tiene ni gas. Cantinflas y Chaplin duermen en su altar, los Tres Chiflados no paran de bromear y de la Marilyn y Elvis no se sabe donde están.

La tomo al seco y comienzo a caminar. La calle oscura me llama, la noche como que ya no anda y el rocío cae lento en el cemento gris. Las putas se pasean, las discos meten bulla, una que otra riña alerta a los pacos que, de verde, llegan con escándalo al lugar. Suena la sirena y uno, dos, tres pa dentro. La calle queda sola y yo sólo en el lugar. Un ebrio se me acerca lento, me pide una moneda, me paro, lo saludo y lo trato de engañar. Le digo que no tengo que las tengo que gastar y tres esquinas más allá, en una banca de plaza vieja, me siento a descansar.

Abro los ojos, la mañana comienza a caer, el cara de gallo despierta la localidad. Cuadras vacías, viejos curados, muertos de curados adornan mi despertar. Suenan las campanas de la iglesia, la misa de temprano está por comenzar. Los autos se pasean y agitan el plan, los pañuelos blancos desde los cerros saludan al nuevo barco que atraca en la ciudad.


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